martes, 1 de noviembre de 2016

MADURO Y LA PISPA



MADURO Y LA PISPA
        
Maduro está sentado en el andén, recostado a la pared junto a la puerta de lata, jugando con el varillo que mira fijamente y se fuma con aspiraciones sonoras. La Pispa en el borde del sardinel, casi dándole la espalda, los pies en la calzada y abrazando  las piernas encogidas, habla mientras se quita con los dientes tiras de pellejo de los bordes de las uñas de su mano, que también mira fijamente.
         Son las once de la mañana y no han dormido en dos días. Salieron del sopladero a comerse un combinado de fríjoles con arroz. El cacho de marihuana que se fuman en la puerta del modesto restaurante es un especie de sobremesa. Algo de dinero les queda todavía del cruce de anoche, que fue bueno. Un campesino que se emborrachó en el Rayito de Luna y que había cambiado a efectivo la liquidación de su empleo de agregado de una finca en el páramo.
         Siempre resulta tan fácil: Marlene, copera del Rayito, les marca las víctimas con una señal cualquiera, y les hace saber cuando el borrachito abandona el lugar. La Pispa lo aborda en la calle y con insinuaciones y caricias lo convence para que se vayan a su pieza, "....allí no más a la vueltica, papacito, que me muero por sentir esa cosa tan rica que tiene por aquí....", cogiéndolo de las pelotas con violencia para acabarlo de meter al callejón; y ya están encima Maduro y tres o cuatro que lo tiran al suelo y lo patean sin consideración mientras le quitan la ropa y lo dejan ahí tirado en calzoncillos, sin moverse.
         Maduro va esculcando la ropa mientras caminan rápido pero tranquilos callejón abajo. En el bolsillo de la camisa blanca, de cuello duro, hay un lapicero barato y dos o tres hojas de cuaderno con apuntes. La camisa está como nueva y se la pasa a Valencia que la envuelve en la mano y espera por el resto de lo que sirva para llevarlo a donde Lola la ropavejera. En el pantalón de paño negro a rayas, —también en buen estado como para valer algo en la "boutique" -, un pañuelo sucio y arrugado, cuatro o cinco llaves en una argolla y un peine de plástico. Maduro va botando las cosas hacia atrás por encima de su cabeza, menos el anillo diminuto, de alguna piedra indefinida, que conserva aún el trozo de cinta de papel con el registro de la prendería y que le pasa a la Pispa: -Para usted Pispa...el anillo de la esposa. A ese viejo lo van es a capar-. -A-c-a-b-a-r-l-o de capar, porque yo casi se las arranco al pobre hijueputa-, replica la Pispa y se ríe a carcajadas mientras Maduro esculca el saco donde por fin está el billete, ciento y pico mil, y los documentos, que le entrega también a Valencia junto con algo de la plata. Los otros se pierden y Maduro y la Pispa se meten al fumadero del Romano, cuyo portón metálico se abre de inmediato después de los tres o cuatro golpes arrítmicos de la clave...


COMO SI  MATARA UN ZANCUDO

         El tipo hizo como si matara un zancudo. Tiró la palmada con la misma fuerza y rapidez con las que hubiera tratado de estampar en la mesa al insecto que lo amedrentaba. Y la diminuta construcción voló en cientos de piecitas de madera, yeso y cartón. El trabajo continuo de los últimos dos meses, de sol a sol - incluidos los fines de semana - se desperdigó en pequeñísimos fragmentos que cayeron sin sentirse y rebotaron en la pared con apenas un tenue sonido metálico. Un tapiz de minúsculos escombros cubrió el piso de anchos tablones de cedro negro, rodeando las patas de los muebles y las embarradas botas de campaña de los cuatro personajes.
         La reacción fue casi simultánea, y aún resonaba el golpe seco y flotaban en el aire las partículas del modelo a escala, de minuciosa labor - cuya carpintería de escaleras, pisos, puertas y ventanas se medía en décimas de milímetro y la mampostería se había fundido en yeso de dentistería con gran precisión - cuando se lanzó desconcertado a impedirlo, de manera tan resuelta, que parecía que los atacaba, motivando el disparo, como una explosión, del changón cuyo cañón le apretaba la barriga.





BIENHECHORA SORPRESA

         -¡Fálico!-
         Lo dijo tan espontáneamente, en un tono tal, y saboreó de una forma la efe - y toda la palabra - con su boca voluptuosa, con ese deleite intrínseco en el sonido grato de su voz, que casi pierdo la conciencia.
         Nunca un evento me había causado tanta ni tan bienhechora sorpresa. El placer inmenso del amor me fue invadiendo al tiempo que sonaba la palabra de la inimaginable mujer. Y al ritmo de la sensual caricia que - mientras la pronunciaba - le hacía al pomo reluciente de mi bastón recostado junto a la puerta.
         Desde la cómplice perspectiva de la ventana de mi oficina la había visto bajar de la elegante berlina, ayudada ceremoniosamente por el chofer de uniforme impecable, y aunque esperaba a una mujer bella, no pensé jamás que llegara a serlo tanto, ni que pudieran conjugarse tantos atributos agradables en una sola criatura.
         Hasta tal punto me sorprendió su atractivo, que me preparaba mentalmente para no sucumbir en las fantasías que su aparición me insinuaban, y poder afrontar con cabeza fría el serio asunto de negocios que la llevaba a visitarme, cuando, sin saludarme ni pronunciar palabra distinta, soltó su erótico comentario trisílabo quien es ahora la dueña absoluta del otrora próspero negocio mío.  


lunes, 24 de octubre de 2016

Cabecirrojos (Cathartes aura)


           CABECIROJOS (Cathartes aura)


         El día que por fin aprendieron a alimentarse con mangos y zapotes en las fincas de la tierra templada, pudieron dedicarse de tiempo completo a las más osadas locuras de vuelo y a prepararse para la concertada aventura de recorrerse el mundo sin tener que pasarse el tiempo avizorando por cadáveres de alimañas o arrebatándose la comida con las manadas cada vez más numerosas de colegas cabecinegros, aves del montón, angurriosas e insaciables.
         Ya no había que pelearse con los basuriegos que usaban caucheras para atacarlos cuando pretendían disputarles las sobras de la ciudad en el inmundo ambiente del botadero, que cada vez contenían mayor porcentaje de plásticos y menos comida.
         Eran gallinazos cabecirojos. De lo más granado en la región, pues en aquellas latitudes no había ya cóndores, ni reyes de los gallinazos, ni grandes rapaces; las únicas especies que podían superarlos en las artes del vuelo sobre tierra firme. Hermanos de padre y amigos desde niños —sus madres decían que desde huevos— en los extensos territorios donde el Chinchiná y el Guacaica se unen al rio Cauca, en las esplendorosas tierras bajas de Manizales. Y así como habían heredado de sus padres las condiciones físicas excepcionales para volar con maestría, se sabían poseídos por los espíritus de unos humanos aviadores y bacanes; transmutación que sintieron mientras pirueteaban para ellos en una tarde de hongos alucinógenos en un morro de La Finaria.
         Estaban pues listos para iniciar ese viaje que nunca pensaban terminar, y que  para comenzar habían decidido colincharse en la primera migración que pasara por esos cielos, que por la época debería ser de águilas Cuaresmeras. Nada más y nada menos...


***

EN EL MURO


         Salía del bar La Gloria de regreso a la pensión, a la hora del cierre, y se me atravesó en el camino el extraño personaje. Lo había visto dos o tres veces sentado al anochecer junto a la fuente de la placita Berenguer, mirando indiferente, de espaldas a lo que antaño fuera el foso del Palacio Real, al lado de su hatillo envuelto en una cobija. Todo en el tipo era ordenado y limpio; sólo el precario equipaje delataba su condición de habitante de la calle. -Que Dios lo guarde-,  dijo mirándome fijamente, y a mi gesto de sorpresa respondió con una respetuosa palmada en el hombro, me repitió más despacio y claramente las mismas palabras y siguió su camino hacia el pequeño muro de piedra al lado de la fuentecita.
         A los pocos días lo vi desde el balcón, cuando acababa de oscurecer, alrededor de las diez de la noche. Lo pude observar con libertad, estando yo como estaba en un quinto piso y en un ángulo que hacia difícil, casi imposible, que me notara. Estático, sentado en el muro de piedra, las manos entretejidas por los dedos entre las piernas cruzadas en los pies, y la mirada fija al  frente.
         Cuando fue de noche y terminaron de recoger las mesas y sillas de la terraza del bar, a unos pocos metros de su sitio, se levantó, se subió al muro, y ágilmente  saltó hasta el fondo cubierto de hiedra del foso del castillo, como metro y medio más abajo de la acera, y se escabulló rápidamente detrás de los arbustos entre los grandes arcos estructurales de la fortaleza. El atado siempre bajo el brazo. En la rastrera vegetación pude notar entonces la huella sutil de su recorrido cuidadoso de todas las noches.
         Habiendo descubierto lo que a todas luces parecía que el hombre quería mantener oculto sobre su cambuche, comenzó a intrigarme el origen y el quehacer diario de tan extraño personaje. El atuendo de persona normal, tan diferente del desarreglo y la suciedad de los habitantes de la calle, y el hecho curioso de no verlo nunca durante mis días enteros recorriendo hasta el último rincón de la vieja ciudad, fueron enigmas que me acompañaron todo el tiempo que pasé en Barcelona; y que se hicieron más misteriosos cuando empecé a montarle guardia por las tardes en la barra del café. Coincidía con cualquier descuido de mi seudo detectivesca vigilancia su aparición, siempre en la misma actitud y en el mismo lugar del muro al lado de la fuente, de manera que fuera imposible saber de dónde procedía....

*     *     *

         El tren comenzó a detenerse desde mucho antes de llegar a la estación de Port Bou, al lado español de la frontera con Francia en la tortuosa Costa Brava del Mediterráneo. Y siguió disminuyendo imperceptiblemente la  velocidad dentro de la larga e impersonal estructura y sus andenes interminables, que lucían desiertos aquella mañana.
         Sólo una figura, que a pesar de lo indeterminada se me hacía extrañamente familiar, apareció a lo lejos. Pero no pude reconocerlo hasta que paramos y quedó perfectamente al frente de mi ventanilla el personaje de la Plaza Berenguer, en la misma desconcertante impavidez y con el eterno hatillo bajo el brazo. Pero no miraba como siempre al vacío, sino otra vez y fijamente a mis ojos.
            No se subió al tren, ni al que en el otro lado del andén viajaba en sentido contrario. Ni se movió cuando arrancaron al mismo tiempo ambos trenes y se fue desvaneciendo su inmutable figura en la distancia.



***

FALSAS NENAS
         Un día llegaron en dos carros de la policía y se llevaron a cuatro travestis. Por la forma puntual en que los abordaron y como los empujaron al asiento trasero de los vehículos, en toda la galemba se pensó que nunca volverían.
         Pero aparecieron al amanecer en uno de los carros, que dejaron con las puertas abiertas al frente de los pabellones de revuelto; en calzones y brasier, con las botas hasta la rodilla y los kepis de los altos oficiales que las habían llevado por la fuerza a un conocido motel donde ahora dormían amarrados y vestidos con los trajes estrambóticos de falsas nenas; además de sus buenas dosis de burundanga en los cerebros.


miércoles, 19 de octubre de 2016

LA GATA ÑATA




LA GATA ÑATA


         Arrimó la silla y se sentó como siempre, en el borde del cojín con los pies cruzados y enganchados en una de las patas de la mesa. Sacó de la cartera una caja de plástico con maquillaje, cuyo espejo acercó a las cejas para peinárselas con la yema del dedo, que mojaba coquetamente con saliva.
         -Hoy si quedé bien mamada papito... Qué voleo tan berraco!!!-. Empezó a hablar La Ñata al mismo tiempo que a arreglarse, mirando al espejo con los ojos entrecerrados para templar los párpados, sin importarle que ninguno le pusiera atención. Ni P., quien también sin mirarla se había limitado a pasarle el brazo sobre los hombros desde el momento que se sentó a su lado, las sillas bien arrimadas. -Movete pues mi amor que me coge la noche, y vos sabés cómo se ha vuelto esa vieja de jodida…-, le dijo La Ñata como si le hablara al espejito.
         Con excepción de otra mesa al fondo del salón, sobre la cual dormían dos borrachos de vestido de paño y corbata, entre botellas, vasos de cerveza a medio llenar y ceniceros repletos; y la de P. y los amigos al lado de la gran vidriera que daba a la calle, la de siempre, las demás mesas del Caracol Rojo tenían ya montados patasarriba los cuatro asientos de metal y cordobán, de la manera que los organizaba Gildardo, el aseador, para barrer y trapear antes de cerrar.
         -Me acabo de tomar esta cervecita y nos vamos, ¿sí mami?- Le acercó P. la boca  hasta rozarle la oreja. Y la mano, helada y húmeda por el contacto con el vaso, se metió suavemente  por la rendija entre los muslos apretados contra la diminuta falda de  vibrante raso sintético.
         Caminaron despacio por la acera desierta. P. con el brazo sobre los hombros de la Ñata que ahora sostenían, sin ponérselo del todo, el saco de lana del mismo color de la falda; y ella abrazándolo por la cintura, debajo de la pesada chaqueta de cuero. Algunos taxis pasaban por la calzada humedecida por el rocío, en la que se reflejaban las luces de mercurio del alumbrado y los avisos coloridos de los comercios. La calle se iba inclinando suavemente hacia arriba, y  mientras que la mujer caminaba erguida y firme, las cervezas habían hecho inseguro el andar de P., y mostraban sus efectos en el desvío de la mirada y el desarreglo de la melena.
         Pararon a comer en la olla del Gitano, en la esquina del Palacio Arzobispal, porque el Zarco, famoso por la lengua sudada y las albóndigas con corazón de tocino al frente del Banco de la República, ya había levantado el entable.
         Fumaron en silencio mientras pasaban los bares bulliciosos  de ambos lados de la calle, que se hacían más numerosos  a medida que subían hacia Bomberos y doblaban a la izquierda por la falda de Nuestra Señora.
       En todo el trayecto sólo habían hablado para pedir la comida; y la Ñata, cuando con el cigarrillo en la boca, frotándose uno de los tobillos, prendida con la otra mano del brazo de P., se quejó de “estos hijueputas tacones” que le apretaban los pies hinchados por el trajín de toda la tarde y la noche en el café.
         Arenales hervía del agite a las dos y media de la mañana. Taxis y automóviles particulares transitaban despacio, bómper contra bómper, por las calles que se hacían más estrechas por los muchos carros parqueados descuidadamente a lado y lado. Había luces en todas las ventanas, y de todos los portones, en los que había mujeres y borrachos y maricas, salían bocanadas de humo y oleadas estridentes de música bailable. Olía a fritanga, a trago, a desodorante ambiental, a cigarrillo, a perfume ordinario, a vómito...
         Caminaron hasta el final de la bulla, hasta la esquina donde las calles empezaban a bajar y comenzaban otra vez las tinieblas y la soledad del amanecer.
            Había cuatro o cinco carros parqueados discretamente al frente del portón de hojalata, que con una pequeña ventana en la parte alta, al extremo izquierdo, eran lo único que tenía la enorme fachada de cemento encalado de la célebre casa de Olivia Rubio. Sólo el eco lejano del barrio que dejaron arriba se escuchaba en la calle empinada. Ni siquiera el sonido del timbre que la Ñata, estirándose al máximo para  alcanzarlo, apretaba nerviosamente porque venía con cuarentaicinco minutos de retraso.




DULCE Y PROVOCATIVA

         Dulce y provocativa Blanca Delicia estaba en sus cuarenta como una princesa. No podía yo dejar de desearla, a pesar de las circunstancias comprometidas en su vida privada de señora de sociedad con marido y familia. (Dos —también monumentales— hijas adolescentes de talla aún mayor que la bella mamá).
         Tampoco podía yo callarme la pasión que los pocos encuentros “casuales” con la  magnífica mujer despertaban en mi espíritu. La pícara mirada —¿Blanca Malicia?— de sus ojos brillantes me enloquecía.
         Y no podía disimular dulce y provocativa Blanca Delicia el agrado que en ella producía  mi coqueteo.
         Entonces supe que su marido, millonario criador de caballos finos, rudo y fiero, la trataba como a una sirvienta. Lo que le dolía en el alma a Blanca Delicia, y soportaba callada por no sé qué misteriosa razón —que no el dinero, seguro, porque el tipo sabía conseguirlo a montones, pero no era muy generoso para gastarlo—.
         Fui discreto testigo —los esperé una tarde de Domingo en el parque de la Estrella, antes de misa en Los Dolores— de la violencia con que el bárbaro la trataba, cuando pude oír la vulgaridad  y el irrespeto con que le reclamó la supuesta demora para algún asunto trivial; y comprendí el efecto benigno y anestésico que mis palabras enamoradas causaban en los sentimientos de la delicada mujer...

*     *     *

         La primera vez que entré en su casa —no mucho después del incidente dominical que me decidió definitivamente a buscarla—, llevaba la disculpa perfecta. Cada instante de aquella visita “técnica” a su casa, en una hora de la mañana cuando solo estaban Blanca Delicia y las atareadas mujeres del servicio, se quedó grabado en mi. La veo, y puedo sentirla, y oler el perfume de su cuerpo, cuando se asomó arriba de las escaleras, en el descanso de las cuales examinaba yo un par de pequeñas esculturas de Edgar Negret, por lo que la tomó de sorpresa encontrarme tan cerca, estando apenas cubierta por la toalla con la que se estaría secando del baño en el momento que le anunciaron la llagada “del señor que va a avaluar los cuadros”. Porque tampoco sabía la deliciosa señora que sería precisamente yo quien aparecería a hacer el reconocimiento de ciertas pinturas que antes de salir por la mañana le anunciara el marido... Subí rápido los escalones que nos separaban, sin escuchar las disculpas y explicaciones de que no sabía que estuviera yo ahí y menos que fuera alguien conocido a quien le anunciaran, que en semejante facha no se hubiera asomado -¡por supuesto!- y que pensaba que sería más tarde la diligencia...
         Lavada de maquillajes la cara de facciones perfectas, húmeda la melena abundante, desnudos el cuello y los hombros, la imponente mujer deslumbraba. Dirigí mi beso decididamente a la boca voluptuosa y mórbida, pero un ágil movimiento hizo que quedara a unos milímetros de la comisura. Alguna porción de su piel, de indecible textura, alcanzaron a morder mis labios ávidos. Bajaba mi mano en una lenta caricia desde la espalda hasta la parte alta de las nalgas muy firmes, que me transmitieron a través de la fina toalla una sensación apabullante.
         Me mandó a esperarla abajo la nerviosa mujer –me dio una palmadita, más cómplice que punitiva, en la misma mano que pretendía recorrerla toda...—, pero temblaba su voz mientras me aseguraba que no demoraría en estar de nuevo conmigo para mostrarme las pinturas de mi motivo.


            Dos semanas después oí su voz enamorada por el teléfono. Desde entonces somos amantes para siempre. Adornan mi despacho las coloridas miniaturas geométricas del Maestro payanés; y el criador de caballos, como era de suponerse, nos busca para matarnos.