lunes, 24 de abril de 2017
LA SARDINA NI FUMÓ
La sardina ni fumó ni bebió en el tiempo que pasaron en la pequeña pieza sin ventanas en el tercer piso del viejo caserón, vacío de muebles y sucio como la calle, albergue del imperio de Romano, quien lo manejaba desde la oficina, ésta si amoblada con una mesa, cuatro sillas de plástico y un par de colchones con cobijas que permanecían enrollados en un rincón.
Ni fumó ni bebió pero no dejó de hablar hasta bien entrada la mañana, cuando apareció Maduro luego de empujar la puerta con algo de violencia; la muchacha se le abalanzó: –¿Usted donde estaba pues mijo?– le preguntó mientras se colgaba de su cuello y lo besaba –¿usted qué se hizo?, papito. Esos pirobos me dejaron encerrada. Si no fuera por este señor...– señalando al Profe, a quien el hombrecito miró sin saludarlo pero con cierto gesto de agradecimiento. A los otros ni los vio y se llevó de la mano a Ágata, siempre callado.
Durante todas esas horas se había mantenido sentada en la misma posición, al lado del Profe, quien permanentemente recibía el tarro del humo y el botellón con el licor, preparado de gaseosa y alcohol de farmacia que le pasaban los otros, los cuales parecía que solo existieran para eso. Le contó, en un relato desbordado que lo sorprendió por el lenguaje fluido y casi que académico, todo sobre su vida de hija de una copera de cantina y alguno entre los cientos de clientes desconocidos y enamorados de paso, viviendo de inquilinato en inquilinato siempre alrededor de la galemba; de dos hermanitos de quienes no sabía nada desde cuando la madre no volvió y a los niños se los llevó el Bienestar Familiar y a ella la metieron en una escuela campestre para menores, de la que se voló a los pocos meses.
Había buscado a las compañeras de trabajo de su mamá, especialmente a Marlene, en el bar Rayito, quien los había cuidado cuando al principio todos pensaban que simplemente su madre se había echado a perder abandonando a los niños, hasta que estalló el escándalo tan verraco y llegaron la ley, y la prensa, y los del Bienestar y se los llevaron.
Marlene la ayudó a mantenerse escondida durante los pocos días que la buscaron, y luego la acogió en su entorno sórdido; y mientras la introducía, apenas adolescente, en el horroroso carrusel de la prostitución y de las drogas, le fue soltando todo el rollo macabro de la desaparición de su amiga.
La mamá de Ágata había metido la cucharada, sin que nadie la llamara, en un famoso caso de sicariato que ya llevaba once muertos entre sospechosos y testigos. Seguramente detrás de unos pesos se había puesto a hablar con las autoridades sobre unos cruces que presenció y a los días la borraron del mapa.
miércoles, 5 de abril de 2017
SOPA DE ARROZ
SOPA DE ARROZ
La mujer apenas se distingue entre los
sucios tendidos de la cama, porque aparece su pequeña cabeza de pelo abundante
y enmarañado sobre la almohada de color indefinido. El cuerpo minúsculo no se
nota entre las cobijas revolcadas. Respira con cortos jadeos y no cesa de
gemir.
El Monito la mira aterrado desde el
rincón junto a la puerta, donde se ha pasado la mañana. No salió a jugar, ni a
montar en el viejo triciclo desbaratado, ni quiso acompañar al tío a encerrar
las vacas para el ordeño en la hacienda donde trabaja; ni fue a corretear con
el perro ovejero por las lomas del Zancudo. Allí parado, sin quitarle los ojos
desorbitados al triste panorama de su madre, no quiso probar el desayuno de
aguapanela con arepa que le llevaron. Y se hizo pipí en los pantalones. No le
pasaba desde hacía más de un año, cuando se orinó en la cama luego de haberse
tomado él solo, sin respirar, casi un litro de gaseosa que le regalaron porque
se le había ido el gas, –!esos tan bobos! si antes estaba más dulcecita– les
había dicho esa vez, con la cara empegotada y la barriga rechoncha.
El tío pregunta desde la cocina que si
las papas y el arroz se echan al tiempo. La mujer no se inmuta, pero sí el
viejo desde el corredor, que primero el arroz, y que le ponga también un junco
de cebolla, –...así entero, que eso es la misma pendejada–.
Es torpe y burdo en la cocina. Ese no
es oficio para él, piensa, pero hay que hacerlo. No sabe si puso mucha o poca
agua a hervir, y la cantidad del arroz la calculó sopesando instintivamente lo
que podía gastarse. No lavó la olla sino que se limitó a rasparla con una
cuchara que limpió con el pulgar luego de tirarle los restos al perro en el
piso del corredor.
Cuando supuso que la sopa estaba lista
la quitó del fogón y se puso a revolver para enfriarla. Sirvió unas cucharadas
en el plato de peltre y se paró con él al lado de la cama:
–Coma mija, que está bueno... coma, que
si no va a ser peor. ¡Mono!, dígale a su mamá que coma, que así nunca se va a
aliviar–.
El Monito no se mueve. Sigue mirando a
su madre con los enormes ojos bien abiertos. Tampoco quiere comer. Se muere del
hambre pero no quiere probar bocado. Él sólo quiere que la mamá se levante; que
vuelva a sonreírle y a mimarlo; y a cargarlo para darle besos que huelen a leña
y a perfume extravagante.
El plato y la cuchara quedan en el
suelo, al pie de la cama, y el tío llama al viejo para servirle su porción del
guiso pálido, que éste lleva hasta la mesita del corredor donde permanece
siempre, sentado en uno de los dos desbaratados taburetes de madera.
El tío se come los restos en la misma
olla, parado en la puerta de la cocina con la mirada perdida en los bosques de
la cordillera.
–Tampoco subieron a su mamá...– habla
el viejo con la boca llena de comida, con esa manera que tienen de comunicarse
que pereciera que lo hicieran para sí mismos, mirando a lo lejos.
–Mmmmh, tampoco– voltea la
mirada hacia la ciudad pero lo que ve de verdad es el brumoso dibujo de las
montañas del Chocó, que para él se confunden con las nubes en el lejano
horizonte. Sigue comiendo de la olla, casi con la mano, por la forma como
sumerge la cuchara hasta la empuñadura para sacar la mayor cantidad en cada
bocado. No piensa en el regreso de la vieja, que lleva una semana en el
hospital de caridad pero ya la reportaron de alta, o de “estable”, que algo así
dizque decía en el tablero de la portería y no hay de que preocuparse, siendo
como es de alentada; no como Belén, que la cogen esos ataques y la dejan
postrada tres y cuatro días... Ni piensa el hombrecito si es sabroso lo que
preparó para el almuerzo, que mastica con la indiferencia de los rumiantes,
pues el gusto es un sentido que jamás desarrolló y sólo le interesa acabar con
la fatiga que le produce el hambre.
Mira
para la ciudad, pero en su mente primitiva lo único que cabe es el asunto del
negocio que acaba de hacer. De una les disparó por diez millones y le pararon
el cañazo. Les vendió la casita, a pesar de los consejos perentorios del patrón
de que no fuera a ser tan bruto. Que por esa plata no iba a conseguir nada ni
siquiera parecido a su pequeña casa, como estuviera de destartalada; en
semejante vereda tan tranquila y semejante vecindario.
–¿Bruto
yo? si claro, como les queda de fácil arreglarle a uno la vida ¡ricos
hijueputas!
martes, 28 de marzo de 2017
DROGOS Y MALANDROS
DROGOS Y MALANDROS
El Profe había seguido para arriba
luego de pillarse la situación tensa y pesada en el segundo piso, y se quedó en
la última pieza, encerrado, tratando de quedar por fuera de lo que estaba
sucediendo abajo. Paranoico por el efecto del bazuco y lo tan tétrico que
alcanzó a percibir en los no más de cinco minutos que estuvo en la boca de las
escaleras, viendo cómo Romano mudaba de personalidades y pasaba de la histeria
a la frialdad amenazante, y cómo esos sardinos desconocidos en la ventana,
especialmente el muchacho, se comportaban con la naturalidad de quienes ya nada
les queda para impresionarse.
Cuando ya no se oía bulla, salió del
cuartucho y se lanzó escaleras abajo pero en el descanso del primero lo paró El
Caleño y le pasó la orden perentoria de que hasta por lo menos la media mañana
no salía ni entraba nadie. Desde allí pudo ver al pelao nuevo con Romano y con
otro que sacaban el bulto con la muerta y luego cómo ponía trancas al portón y
subía Romano puteando a todo el mundo y arriando la gente para las piezas sin
que nadie se atreviera ni a mirarlo.
La única que protestaba era la sardina,
que desde que trató de bajar con su acompañante y la pararon sin dejarla ni
salir de “la oficina”, se había paniquiado y llorando gritaba que tenían que
dejarla, que no podía quedarse sola y que para dónde pues era que se iba
Maduro, que así lo llamaba, y que ni por el putas podían prohibirle abrirse del
parche ¡manada de hijueputas, asesinos!
Qué hubiera pasado si no fuera porque
El Profe la calmó como por encanto, con un gesto o alguna palabra que
inmediatamente produjeron confianza y tranquilizaron a la niña que era aquella
flaquita espigada que tenía semejante carácter e inspiraba tanto respeto al
tiempo que ternura. La cálida frescura y el aspecto de ese cucho, que podría
ser su papá, fueron un bálsamo para la adolescente en aquel ambiente desalmado
de drogos y malandros.
La llevó abrazada, podría decirse que
paternalmente, y subieron hasta la pieza donde ya estaban instalados, sentados
en el suelo contra las desnudas paredes, los dos que fumaban abajo cuando comenzó
el bollo. Estaban tomando chámber y súper embalados, con los ojos volados y
mordiéndose la lengua, sin hablar.
***
De ahí para adelante todo se le había
borrado con el menjurje alcohólico y el bazuco en tarro con filtro de ceniza de
tabaco, que producía los efectos más intensos; y sólo ahora, cuando le llegaron con los
cuentos de Matíz y de la muerte de Marina, comenzaban a aparecerse como cortes
de una película los detalles de la conversación de aquella noche con Ágata,
cuando se conocieron y se hicieron amigos inseparables.
Y además estaba lo que pasó ese fin de
semana del toque de queda, de viernes a lunes, encerrados sin poder casi ni
respirar, cuando salió aquel man con la otra historia que también apuntaba en
la misma dirección.
Entre cuatro que eran ellos y las pocas
manzanas en el centro de Manizales donde ahora se desarrollaban sus
cotidianidades, ya sumaban tres desaparecidos.
miércoles, 22 de marzo de 2017
YO SOY CAFETERO
Este corto relato fue enviado (con el
título de YO COJO CAFÉ), a finales del siglo pasado para participar en un
informal concurso de cuento sobre el café, entre los clientes del célebre e
ilustre Mesón del Café, en la vieja Barcelona. Lo rescato.
YO SOY CAFETERO
Yo soy cafetero, señor. Nada menos que
en Colombia. O mejor dicho, yo cojo café; y lo siembro y lo cuido todo el año.
Le hago la limpia de malezas, y el plateo alrededor del tallo para poder
abonar, y las podas, y el control de las plagas. Y después de cogido a mano,
fruto por fruto, hay que pelarlo y lavarlo y dejarle vinagrar el mucílago antes
de secarlo... Toda la vida lo he hecho, porque nací en una finca cafetera, y
aunque actualmente vivo en el pueblo de Chinchiná, en Caldas, –que es una de las regiones más bellas del
mundo, y donde dicen que se da el mejor
grano del país–, me crié y siempre he vivido metido en cafetales... Cafetales
ajenos, claro, porque usted debe saber, o suponer, que por esos lares son muy
escasos los dueños que le meten la mano a sus cultivos. Casi todos son ricos
que dirigen y mandan, pero que trabajan en otras cosas en la ciudad, trabajos
de doctores; nosotros los campesinos, vivimos en las fincas y hacemos todo el
oficio, menos poner la plata para las necesidades del cultivo. O vender la
cosecha...
Bueno, la verdad es que yo le mentí a
usted cuando le dije que toda la vida me la he pasado entre palos de café. Un
tiempo lo pasé en los planes de La Virginia tractoreando en sembrados de caña
de azúcar. Eso queda en la tierra caliente, por los lados de Pereira, a la
orilla del Cauca. La cosa con mi vida fue así: por ahí hasta los treinta, y
desde muy muchacho, trabajé con el café y llegué hasta patrón de corte. Esto
quiere decir un rango más alto que los demás peones. Aunque se trabaja lo mismo
de duro, se gana un poco más y se manda. Es el que recibe los destinos del agregado, o mayordomo, el patrón después del
dueño, que ése si gana mejor platica sin tener que coger mucho las
herramientas. Entonces fue que me tentaron para que me fuera a lidiar con la
caña y por allá duré como tres años. Hasta que el patrón me recomendó con unos conocidos que
estaban buscando agregado para una tierra como de cincuenta cuadras en café,
por los lados de la Floresta, entre Chinchiná y Marsella. Yo le había comentado
que me quería volver para la tierra cafetera; no tanto por el clima, que
también daba duro, como por la falta de la familia y los amigos, y las ganas de
volver a trabajar con el café, más agradecido y más variado que la caña. Es que
hasta el mismo paisaje lo extrañaba uno, allá abajo no se ve sino plan y cielo,
y a lo lejos, entre la bruma, las montañas que lo llaman a uno... Me acuerdo
como si hubiera sido ayer cuando conocí al nuevo patrón, un señor muy
importante de Manizales. Quedamos de encontrarnos en la puerta del café de la
esquina de la plaza. Yo le describí por teléfono cómo soy, y el doctor dijo que
con esos datos me reconocía: así como usted me ve, grueso, bajito y aindiado.
Nos sentamos y el hombre pidió cervezas, sin preguntar, porque se sabe que nadie
le dice que no a una cerveza al mediodía en Chinchiná. De una me dijo que qué
tanto sabía de café. –Yo sé cogerlo y tomármelo, doctor. Eso si, endulzado con
panela, no como ustedes los ricos que se lo toman amargo–, le dije, y ahí no
más me contrató. Desde eso, hace ya más
de veinte años, vengo manejándoles la finca. Ya falleció don Germán,
desgraciadamente, porque era un buen hombre. Se murió antes de tiempo, muy
joven. Creo que no alcanzó ni siquiera a cumplir los cincuenta. Ahora me
entiendo con uno de los hijos, que también es un bacán. Con la platica que me
ha ido sobrando, –porque uno campesino puede que gane más pero sigue viviendo
lo mismo–, me compré un yipesito. Un Willis modelo setenta y dos. Durante la
semana lo trabajo en la finca, moviendo café, o abono, o lo que sea. Y los
fines de semana transportando la gente
que sube al pueblo y vuelve por las
tardes con las remesas de mercado. Muchos son los que vuelven borrachos, peso
que les sobra se lo gastan en trago, y fumando de ese tal basuco... A eso si le
tengo yo respeto, al vicio. Sólo de vez en cuando me tomo mis cervecitas. Nunca
mientras estoy trabajando el yip. Lo que hago es que me desocupo y me vuelvo
para el pueblo, a la cantina de mi amigo Solís, donde siempre hay con quien
sentarse a beber hasta llenar la mesa de envase, que es una buena medida para
cuatro. A veces vamos a parar donde las putas. Entonces amanece uno sin un
centavo, y con guayabo moral...
Usted se preguntará, como muchos, qué
hace un campesino colombiano, un cogedor de café, montañero y silvestre, en
esta lejanía tomando pintadito –así llamamos nosotros el cortado– con churros
en El Mesón del Café, ¿ah? Antes permítame presentarme: mucho gusto, Jaír Toro,
un servidor. Estoy en Barcelona porque aquí me recomendó que viniera un buen
amigo mío y de mi patrón, cuando supo que me pensaba gastar parte de la
cesantía viajando. De oírlos a ellos hablar de viajes fue que decidí venirme.
Tenía la plata, sin saber que hacer con ella, sin obligaciones, y con parentela
esperando que uno se muera para caerle
como gallinazos a lo que tanto se ha luchado, ¿ah? Me entusiasmaron con
los cuentos que echaron de cómo toman por aquí de buen café, y cómo le paran de
bolas al tostado y al molido. El me recomendó la pensión donde me hospedo, barata
y aseada, allí no más en la Plaza Berenguer, y me contó que había frecuentado
un pequeño y añoso lugar de la calle Libretería, donde se le rinde verdadero
culto a este grano misterioso, al que yo le he dedicado toda la vida. Y aquí me
tiene pues usted don... Gabriel fue que
me dijo?
martes, 14 de marzo de 2017
PAVOR
PAVOR
El lugar lo descubrí desde la otra
acera. Me había detenido a descansar en el antepecho de una vitrina y analizaba
descuidadamente la enorme fachada del frente.
Para poder entrar debería devolverme
hasta la esquina, desde la mitad de la cuadra, lo que sumaría unos ciento
cincuenta metros al trayecto de retorno al hotel, luego de cuatro o cinco horas
de recorrer andenes atiborrados de turistas y laberínticos callejones, sin
haberme sentado ni doblado las rodillas, y habiendo apenas descansado en unas
muy esporádicas ocasiones, como aquella en particular en que encontraba el muro
de una ventana o de una reja de jardín que no solamente no estuviera tachonado
de puntas —como el lomo de un dinosaurio—, sino que fuera de la altura precisa
para poder descargar sobre las caderas
el peso del cuerpo y relevar de su tarea por unos minutos a las piernas
entumecidas por la fatiga.
Retorno al hotel que parecía
inalcanzable esa tarde, y que se
alargaría volviendo hasta la esquina para poder cruzar usando las rampas del
sardinel. Pero ni siquiera lo dudé y me fui resuelto a visitar la misteriosa
librería que anunciaba tan extraño exterior. Extraño, a pesar de que sus
elementos arquitectónicos eran los mismos del sector, y en particular de la
casa, la del centro de tres enormes edificaciones que formaban la cuadra, las
cuales denunciaban esplendoroso pretérito por sus dimensiones y detalles
originales, y pobre y decadente presente por el deterioro y la proliferación de
locales y portones adicionados en el
nivel de la calle.
Algo que presentía yo en el interior de
la Librería Sant Pau —en la calle del mismo nombre, que atraviesa una zona de
pobres de la vieja Barcelona antes de llegar a Las Ramblas por el Liceo— donde
a excepción de una mínima parte de los libros, y la alarma electrónica que
suena cuando se traspasa el umbral, todo parecía detenido en un pasado lejano;
me atraía poderosamente.
Estático en el pasado parecía todo allí,
hasta el viejo que apenas pude descubrir detrás de unos anteojos de aparatosa
montura, absorto entre papeles sobre el vetusto escritorio que protegido por
una muralla de libros y revistas, sobre la cual solo aparecía la corona de
canas de su anciana cabeza, hacía las veces de mostrador.
El local era angosto y profundo, con la
típica fachada en cristales y madera, la puerta enmarcada por dos alargadas
vitrinas, adornada sólo por el discreto aviso con el nombre y el género único
de su mercancía: el teatro. Se veía desbarajustada la fachada, así como los
muebles y estanterías hasta el techo en el interior, donde había una primera
sala con una mesa en el centro, que como los estantes bajos, contenían los
libros nuevos y las revistas
especializadas; en los más altos, así como en la segunda sala al fondo y en y
alrededor del escritorio –que dividía el espacio y donde alumbraba la única
lámpara que impedía la total oscuridad en la parte de atrás— había más libros
atiborrados. Muchos libros cuyos títulos no se podían leer porque los cubrían
el polvo y la pátina. Las tablas de los anaqueles habían cedido con el peso, y
creaban un ambiente elástico, como si todo se derritiera, o fueran dibujos de
Salvador Dalí, pero con la textura gris de los subterráneos. Como una
caverna...
En el primer salón me estuve, sin
atreverme a pasar más allá, leyendo al azar los títulos de libros y revistas de
la mesa, nombres desconocidos de un tema
que ignoraba, buscando la fórmula para justificar mi intromisión, así pareciera
que nadie había allí conmigo, tal era el desinterés y el camuflaje del librero,
a quien no se oía ni respirar en aquel silencio.
No sé de teatro pero sentía la urgencia
de preguntar por algo que justificara mi irrupción en aquel ambiente que me
invadió desde el mismo instante en que crucé el umbral. El personaje detrás del
mostrador ejercía un severo poder que me obligaba al mayor respeto, a pesar de
no haber levantado la mirada de lo que parecía un crucigrama entre el desorden
de libros y papeles. Un poder que muy pronto se convirtió en intimidación y
amedrentamiento; sin un solo gesto de su parte, ni una palabra, me obligó a
salir apresurado, a escapar como buscando con desespero el aire de la calle que
adentro sentía que me faltaba.
No pude evitar una última mirada desde
la puerta, por el rabillo del ojo, al enigmático personaje quien por fin había
levantado la vista, por encima de las gafas enormes, y me miraba con la
expresión interesada de quien solamente se quiere percatar de que nos fuimos.
Llegué
sin darme cuenta hasta el bar en los bajos del hotel para comer unas tapas con
un vaso de vino antes de subir, siempre con gran desasosiego y todavía
sintiendo el apabullamiento que me sacó de aquella librería, la cual comenzó a
transformarse en mi mente en algo etéreo y desdibujado hasta el punto qué, y
ahí comenzó mi pavor, me fui convenciendo de que realmente aquella no existía,
y que nada de lo que tanto me tenía perturbado había sucedido.
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