lunes, 10 de octubre de 2016

BETINA

        
BETINA

         Lo más chévere es que Betina también es pirómana, y así pasamos mejor. Hemos hecho unos daños los hijueputas; y todo el mundo despistado... Y así se van a quedar, porque quién va a imaginarse... Ella también se volvió pirómana desde chiquita, en las temperadas de diciembre en la finca; pero no como yo, quemando monte con el Abuelo, sino echando pólvora en navidad, desde el alumbrado hasta el treinta y uno. Así era allá en la Matilda, la finca de los abuelos de Betina, todos los días, ¡y a la lata! En el Totumo no echábamos sino en las tres fiestas principales, las vísperas del ocho, de navidad y de año nuevo. Eso sí, también a la lata. Y en las dos fincas había siempre “matada de marrano”, y se armaban fogones inmensos con piedras de río y leña en los patios del café, y se chamuscaba el cerdo en una súper fogata de helechos tostados; y del Totumo íbamos siempre a la matada de marrano de la Matilda y de allá venían a la de nosotros. Desde eso nos vacilamos esa mujer y yo.... 


CATALINA TAN JODIDA
         Catalina empujó y la empujaron hasta que se pudo subir a la buseta atiborrada que se fue yendo a jalonazos por entre las demás, innumerables en la estrecha avenida, ensordecedora por las bocinas de los vehículos y los pitos de los guardias de tránsito. Muchas cuadras sin traspasar siquiera la registradora, pero por suerte se bajó en el Olimpia la colegiala de la segunda banca y tan caballeroso el muchacho de la valija de mensajero que  le dejó el puesto. -Quedan todavía hombres galantes- pensó Catalina agradecida y descansada del agite. Estaba acomodándose cuando notó la cartera abierta y la ausencia notoria de la billetera que normalmente la copa. No pudo ser sacando la plata del pasaje porque las monedas las carga en el bolsillo con cremallera de la parte de afuera. Está segura de que sucedió apenas superada la registradora, cuando quedó atrapada entre ésta y el sujeto del maletín, quién ahora no es galante caballero sino el sospechoso primero, más cuando lo sorprende abriéndose camino bruscamente a la salida. -¡Este majadero no se me roba la billetera!- piensa conmocionada Catalina, quien se ha parado y aprovecha la senda aflojada que deja el paso del perseguido entre el cálido y apretado cargamento humano. Lleva listo el pequeño corta uñas y preparadas mentalmente las palabras y la voz que deberán sonar amenazantes y decididas. La buseta no ha parado y el tipo es alcanzado sin esfuerzo no lejos de la puerta de salida. Aterrada de su propia valentía le pone Catalina el fingido puñal en el ijar al raponero, que se paraliza. -¡Me entregás la hijueputa billetera o te mato!- poniendo voz de macho Catalina, siente como de inmediato cae la cartera entre el bolso que cuelga del hombro y ha puesto al lado del doblegado delincuente, abierto de par en par. Frena la buseta con un berrido neumático y se tira de una zancada Catalina quien, sintiéndose alcanzada, corre cuanto se lo permiten los tacones las dos  cuadras y media que la separan del portón de su casa. Con las llaves en la mano comprueba que para su tranquilidad y sin explicación no aparece su enemigo, que ni siquiera ha doblado la esquina, y que si los nervios le permiten abrir rápido, no sabrá nunca el bandido de su lugar de residencia. Cede sumisa la cerradura y se abre de un tirón la puerta que deja ver, en la mesita del teléfono, al lado de la escalera, junto  al cenicero de las llaves, la billetera que dejara olvidada Catalina cuando al salir de afán esta mañana debió buscar el número que aparece escrito en un papelito; al lado de la que hasta hace un segundo creyó recuperada de las garras del Hampa...


COMO VIOLETAS


         Margarita tenía preciosos ojos azules, como violetas, y su perfume era el mismo de las rosas de jazmín. Por eso fue que una tarde, mientras contemplaba extasiada el crepúsculo majestuoso, apoyada delicadamente en la barandilla de su balcón, un colibrí “pico de espada” se le clavó, goloso, en la mirada.


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