jueves, 25 de mayo de 2017

COMO EMBRUJADO

COMO EMBRUJADO


         A la mamá la tramó fácil para vender y se bajaron para la ciudad a vivir arrendado, dizque mientras les salía la casa, que hasta podía ser de las que iba a regalar el Presidente –y así nos ganamos ese billete, amá ¡para estrenar de todo!– Pero ella accedió a firmar porque de verdad lo que pretendía era atravesársele a esa mujer, quien no le estaba gustando ni poquito. Al Mono no fue sino decirle lo de los estrenes para que se entusiasmara con la mudanza; y ni el viejo ni la hermana contaban para nada, por lo cual le cogieron la plata en una notaría al comprador y desocuparon la casita en dos viajes de jeep el mismo día. No por coincidencia llegaron a instalarse en la misma barrriada de los abuelos de las muchachas de Edit.
         La misma Edit que había aparecido por la vereda una tarde de domingo. Subieron a pie de paseo con las hijas y un sobrino que trabajaba con la compañía del gasoducto, cuya maquinaria cuidaba el tío en las noches y festivos. Como andaban sin plata pasaron de largo por la caseta comunal donde algunas mujeres hacían empanadas para beneficencia, y por la tienda donde jugaban o veían jugar tejo y tomaban cerveza el resto de los vecinos. Donde sí se detuvieron, de regreso, fue más abajo en el campamento, donde ya de subida habían saludado y conocido al tío, a quien encontraron aburrido por el forzoso alejamiento de los eventos en la vereda, pero muy orgulloso de su parafernalia de celador con escopeta al hombro, impermeable de caucho, botas, linterna y machete al cinto. Alternaba los chistes flojos –que se auto celebraba con ruidosas carcajadas– con trascendentales comentarios sobre la inmensa responsabilidad de su trabajo y el peligro constante que implicaba. Chistes y atuendo y comentarios que, sumados al fugaz pensamiento que en las emociones del paseo había tenido por el camino, de lo bueno que sería vivir por allí, como estaban de desacomodadas, rodando por ahí, de arrimadas... inspiraron a Edit para poner en acción sus artes de veterana conquistadora a pesar de su figura de desproporciones caricaturescas.
         Tampoco se percataron el monito y el abuelo en la tienda, ni Belén y su madre en el toldo de fritanga comunitaria, de que la mujer de edad indefinida que bajaba al atardecer con dos muchachitas y un joven –que alguno reconoció como trabajador del gasoducto– en uno más de los muchos paseos que aún entre semana subían a la región de impresionante paisaje; venía decidida a que no pasaran dos semanas antes de que se estuviera trasteando con sus corotos a instalarse como dueña y señora de la estrecha vivienda que hasta entonces habitaban con calma relativa. Le había soltado dos o tres piropos atrevidos al tío, alusivos a su épica figura, y al despedirse le había hecho cierta caricia con el dedo en la palma callosa de la mano, estremeciendo al guerrero de forma que no pudo disimular, asegurándole a la conquista a la taimada seductora.
         Edit no media más de metro y medio, y en su figura contrastaban el  gran tamaño de la cabeza y las caderas con la flacura de su tronco y extremidades. Era como si el cuello le bajara hasta la cintura, y la cabeza parecía ampliada por una lupa, resaltándose las muchas arrugas de una vida agitada y el excesivo maquillaje, que lo fue más al domingo siguiente cuando, también exageradamente pintada y perfumada volvió a la vereda con la mayor de las hijas y se dirigió decidida al sitio donde había sido trasladado los equipos de la compañía. Al poco rato había mandado el tío a llamar un vecino para que por unos pesos lo remplazara mientras atendía la visita.


Compró refrescos en la tienda y siguieron hasta la casa donde su madre la recibió notoriamente arisca, puesto que de una se la pilló y descubrió el motivo de ciertas euforias de los últimos días, y de lagunas mentales en las que había entrado con frecuencia, mirando ausente hacia la ciudad sin atender a lo que se le hablaba. Como embrujado.

miércoles, 17 de mayo de 2017

LOS MÉDICOS INVISIBLES


                                                LOS MÉDICOS INVISIBLES

         Juan Bautista Matíz era hijo de un carnicero del norte del Valle. Se crió en un ambiente absolutamente permeado por mafias y pandillas del cartel de narcos posiblemente más sangriento y maligno de todos los que libraban, entre ellos mismos y contra el mundo, una guerra brutal alimentada por los poderes políticos y financieros hechizados por las exageradas cantidades de dinero que movían. Pero su padre, ligado a los capos por negocios de ganado, reconoció en el muchacho una especial inteligencia, lo mantuvo apartado de la desbocada locura de dinero fácil y barbarie que se vivía en la región y le permitió estudiar en un buen colegio privado, en otro medio social que increíblemente convivía con aquello sin que pareciera contagiarlo.
         Luego estudió algunos semestres de medicina en una universidad del eje cafetero. Allá conoció de cerca el horripilante negocio de Los Médicos Invisibles, una banda criminal de traficantes de órganos humanos conformada por médicos y estudiantes que trabajaban para clientes en Medio Oriente y Europa; así se llamaba a sí misma la pandilla, en referencia al mito santero de José Gregorio Hernández quien hacía operar a sus creyentes por un grupo de galenos inmateriales, quienes visitaban e intervenían  a los pacientes durante el sueño.
         Negociaban tanto con partes de cadáveres como con órganos de personas vivas quienes vendían o eran despojadas de vísceras y miembros que como un  riñón o un ojo, no fueran indispensables para continuar con vida.
         Desde los primeros días su universo en la u. se fue reduciendo a las aulas, la biblioteca y especialmente el anfiteatro y la morgue, de cuyo personal se amistó rápido y con quienes comenzó maquinaciones y complicidades desde cuando les compró los primeros huesos para las clases de anatomía. Ni siquiera la cafetería la frecuentaba y apenas trataba a sus compañeros y profesores. Un tipo bastante raro a pesar de su aspecto desapercibido y una fría discreción que se acercaba, realmente, a la invisibilidad.
         Montó una sucursal del negocio de su papá en la zona de las carnicerías en los alrededores de la plaza de mercado en Manizales, que le pareció más prometedor ambiente para el que sería su verdadero objetivo comercial, puesto que se había dedicado apasionadamente al macabro tráfico con los muertos y los órganos humanos.
         Se matriculó en dos universidades nocturnas en las que cursaba diferentes materias de distintas carreras, manipulando con ingenio las inscripciones y los créditos de manera que aprendía al mismo tiempo contaduría, derecho y por supuesto carreras afines a la medicina; por donde rápidamente se conectó con los tanatólogos que manejaban el objeto exclusivo de su interés: cadáveres y órganos humanos.
         Además se relacionó rápidamente con sicarios y criminales que operaban en el sector de La Galemba, de quienes muy pronto y con una frialdad asombrosa terminó siendo el amo y señor. Se hizo dueño de varias edificaciones en la manzana y acondicionó una especie de búnker con instalaciones especiales en las que se podían realizar intervenciones quirúrgicas, y al cual se podía acceder por varios de aquellos predios que fue ocupando con esbirros de su organización.

         La empresa de Matíz, cuya apariencia era la de una pulcra carnicería de confianza, en realidad era una sincronizada mafia que asesinaba, desaparecía y comercializaba los restos humanos –que valían su peso en oro– de las víctimas de una poderosa clientela que crecía en la medida en que la corrupción y el latrocinio se enseñoreaban en la sociedad. Un negocio redondo.

martes, 2 de mayo de 2017

POR FALTÓN


POR FALTÓN

Se escabulló sigiloso mientras el tío y su mamá empezaban de nuevo con la cantaleta de cada uno, que repetían al tiempo y que lo exasperaba, más ahora que ya estaba grande y era todo un varón. En el barrio del norte de Manizales donde vivían, lo pusieron Paramuno, desde antes de que se vinieran de la  vereda, cuando con frecuencia bajaban con el tío a  donde esa vieja, –dizque doña Edit, como hay que decirle aunque sea desde hace tiempos la mujer del hombre ¡y de la casa!... la hijueputa esa; que le vive metiendo pendejadas en la cabeza; pero a mí si no es capaz de decirme nada de frente, porque sabe que no me le voy a aguantar la madriastradera, ni que se meta en mi vida... ¡las pelotas!– 
Piensa en lo que supo la semana pasada, lo que le contó el tío sin que le hubiera preguntado, porque nunca había querido saber quién era su papá. Decía que le importaba un culo. Su madre lo había tanteado varias veces y la respuesta había sido siempre de disimulada indiferencia, como si de verdad no le importara. Pero cuando el tío se lo desembuchó de una, desde la mesa vecina donde bebía con los amigos en Las Delicias, se descompuso de tal manera que casi se vomita. 
Desde hacía rato estaban echándose puyas, el tío desde su silla y Paramuno desde el billar donde tacaba con un par de pinticas. Hablándose duro, casi superando el estrépito de la música, como para que oyera todo el barrio y sin mirarse, como siempre: –Allá se quedó su mamá como una fiera, Mono. Yo no se cómo vamos a hacer, pero va a tocar conseguirle un marido, a ver si se calma...– Y soltaba la carcajada y palmeteaba a los amigos. –No hable güevonadas tío que Macita no necesita ningún marido. Lo que necesita es que se la desmonten usted y esa mujer–. –Ah, y de una vez un papá para usted....– Y otra carcajada. –Porque lo que fue el Sanbernardo ese nunca puso la cara...–. Ahí se transformó, se puso rojo como si se estuviera ahogando y le dio a la mesa con el taco tan violentamente que lo partió, y con la astilla en la mano se le enfrentó al tío por primera vez en la vida. –Dígame que eso no es verdad tío ¡no sea hijueputa!–. 

***

Todo se le revuelve en la cabeza agitado por el trote de bajada por las calles del barrio populoso. Sigue el camino de siempre, hacia el parquecito de las escalas, donde se mantiene la gallada, a la que por fin entró después de aguantarse quién sabe cuántas, y de pasar las pruebas más verracas, que incluyeron la iniciación en prácticamente todos los vicios de la calle. No volvió al colegio desde que lo expulsaron por andar fumando en los descansos, y en la casa no saben todavía; mínimo lo sacan a patadas. Y hasta mejor, que  por tenaz que sea la vida en la calle no va a ser peor que vivir con esa zorra dándoselas de mamá, sin ningún derecho, y con Macita como una sirvienta dejándose mandoniar de la malparida, y del tío, que en ese encoñe no ve las cosas como son...
Va resuelto a decirles que listo, que él también se apunta para lo  del cruce al chancero, que ¡qué hijueputas!. Si no tiene nada que perder y lo que quiere es –...billete, llavecita, billete, para gastárselo a lo bien, para que le paren bolas a uno las peladas, para no tener que estarle mendigando al tío cada que necesite cualquier cosa... Billete para comprarse una moto y para volverse futbolista, o actor de telenovelas, que esos bacanes si la viven, y todo el mundo les come en la mano, y les sobran las viejas... Billete para comprarle un apartamento bien gallardo a la cucha, que harto se ha jodido mantequiándoles primero a los abuelos en el páramo, y ahora al tío y a esa perra... Billete para buscar al papá y quebrarlo por faltón–.



lunes, 24 de abril de 2017

LA SARDINA NI FUMÓ


         La sardina ni fumó ni bebió en el tiempo que pasaron en la pequeña pieza sin ventanas en el tercer piso del viejo caserón, vacío de muebles y sucio como la calle, albergue del imperio de Romano, quien lo manejaba desde la oficina, ésta si amoblada con una mesa, cuatro sillas de plástico y un par de colchones con cobijas que permanecían enrollados en un rincón. 
         Ni fumó ni bebió pero no dejó de hablar hasta bien entrada la mañana, cuando apareció Maduro luego de empujar la puerta con algo de violencia; la muchacha se le abalanzó: –¿Usted donde estaba pues mijo?– le preguntó mientras se colgaba de su cuello y lo besaba –¿usted qué se hizo?, papito. Esos pirobos me dejaron encerrada. Si no fuera por este señor...– señalando al Profe, a quien el hombrecito miró sin saludarlo pero con cierto gesto de agradecimiento. A los otros ni los vio y se llevó de la mano a Ágata, siempre callado.
         Durante todas esas horas se había mantenido sentada en la misma posición, al lado del Profe, quien permanentemente recibía el tarro del humo y el botellón con el licor, preparado de gaseosa y alcohol de farmacia que le pasaban los otros, los cuales parecía que solo existieran para eso. Le contó,  en un relato desbordado que lo sorprendió por el lenguaje fluido y casi que académico, todo sobre su vida de hija de una copera de cantina y alguno entre los cientos de clientes desconocidos y enamorados de paso, viviendo de inquilinato en inquilinato siempre alrededor de la galemba; de dos hermanitos de quienes no sabía nada desde cuando la madre no volvió y a los niños se los llevó el Bienestar Familiar y a ella la metieron en una escuela campestre para menores, de la que se voló a los pocos meses.
         Había buscado a las compañeras de trabajo de su mamá, especialmente a Marlene, en el bar Rayito, quien los había cuidado cuando al principio todos pensaban que simplemente su madre se había echado a perder abandonando a los niños, hasta que estalló el escándalo tan verraco y llegaron la ley, y la prensa, y los del Bienestar y se los llevaron.
         Marlene la ayudó a mantenerse escondida durante los pocos días que la buscaron, y luego la acogió en su entorno sórdido; y mientras la introducía, apenas adolescente, en el horroroso carrusel de la prostitución y de las drogas,  le fue soltando todo el rollo macabro de la desaparición de su amiga.
         La mamá de Ágata había metido la cucharada, sin que nadie la llamara, en un famoso caso de sicariato que ya llevaba once muertos entre sospechosos y testigos. Seguramente detrás de unos pesos se había puesto a hablar con las autoridades sobre unos cruces que presenció y a los días la borraron del mapa.

miércoles, 5 de abril de 2017

SOPA DE ARROZ

SOPA DE ARROZ


         La mujer apenas se distingue entre los sucios tendidos de la cama, porque aparece su pequeña cabeza de pelo abundante y enmarañado sobre la almohada de color indefinido. El cuerpo minúsculo no se nota entre las cobijas revolcadas. Respira con cortos jadeos y no cesa de gemir.
         El Monito la mira aterrado desde el rincón junto a la puerta, donde se ha pasado la mañana. No salió a jugar, ni a montar en el viejo triciclo desbaratado, ni quiso acompañar al tío a encerrar las vacas para el ordeño en la hacienda donde trabaja; ni fue a corretear con el perro ovejero por las lomas del Zancudo. Allí parado, sin quitarle los ojos desorbitados al triste panorama de su madre, no quiso probar el desayuno de aguapanela con arepa que le llevaron. Y se hizo pipí en los pantalones. No le pasaba desde hacía más de un año, cuando se orinó en la cama luego de haberse tomado él solo, sin respirar, casi un litro de gaseosa que le regalaron porque se le había ido el gas, –!esos tan bobos! si antes estaba más dulcecita– les había dicho esa vez, con la cara empegotada y la barriga rechoncha.
         El tío pregunta desde la cocina que si las papas y el arroz se echan al tiempo. La mujer no se inmuta, pero sí el viejo desde el corredor, que primero el arroz, y que le ponga también un junco de cebolla, –...así entero, que eso es la misma pendejada–.
         Es torpe y burdo en la cocina. Ese no es oficio para él, piensa, pero hay que hacerlo. No sabe si puso mucha o poca agua a hervir, y la cantidad del arroz la calculó sopesando instintivamente lo que podía gastarse. No lavó la olla sino que se limitó a rasparla con una cuchara que limpió con el pulgar luego de tirarle los restos al perro en el piso del corredor.
         Cuando supuso que la sopa estaba lista la quitó del fogón y se puso a revolver para enfriarla. Sirvió unas cucharadas en el plato de peltre y se paró con él al lado de la cama:
         –Coma mija, que está bueno... coma, que si no va a ser peor. ¡Mono!, dígale a su mamá que coma, que así nunca se va a aliviar–.
         El Monito no se mueve. Sigue mirando a su madre con los enormes ojos bien abiertos. Tampoco quiere comer. Se muere del hambre pero no quiere probar bocado. Él sólo quiere que la mamá se levante; que vuelva a sonreírle y a mimarlo; y a cargarlo para darle besos que huelen a leña y a perfume extravagante.
         El plato y la cuchara quedan en el suelo, al pie de la cama, y el tío llama al viejo para servirle su porción del guiso pálido, que éste lleva hasta la mesita del corredor donde permanece siempre, sentado en uno de los dos desbaratados taburetes de madera.
         El tío se come los restos en la misma olla, parado en la puerta de la cocina con la mirada perdida en los bosques de la cordillera.
         –Tampoco subieron a su mamá...– habla el viejo con la boca llena de comida, con esa manera que tienen de comunicarse que pereciera que lo hicieran para sí mismos, mirando a lo lejos.
–Mmmmh, tampoco– voltea la mirada hacia la ciudad pero lo que ve de verdad es el brumoso dibujo de las montañas del Chocó, que para él se confunden con las nubes en el lejano horizonte. Sigue comiendo de la olla, casi con la mano, por la forma como sumerge la cuchara hasta la empuñadura para sacar la mayor cantidad en cada bocado. No piensa en el regreso de la vieja, que lleva una semana en el hospital de caridad pero ya la reportaron de alta, o de “estable”, que algo así dizque decía en el tablero de la portería y no hay de que preocuparse, siendo como es de alentada; no como Belén, que la cogen esos ataques y la dejan postrada tres y cuatro días... Ni piensa el hombrecito si es sabroso lo que preparó para el almuerzo, que mastica con la indiferencia de los rumiantes, pues el gusto es un sentido que jamás desarrolló y sólo le interesa acabar con la fatiga que le produce el hambre.


            Mira para la ciudad, pero en su mente primitiva lo único que cabe es el asunto del negocio que acaba de hacer. De una les disparó por diez millones y le pararon el cañazo. Les vendió la casita, a pesar de los consejos perentorios del patrón de que no fuera a ser tan bruto. Que por esa plata no iba a conseguir nada ni siquiera parecido a su pequeña casa, como estuviera de destartalada; en semejante vereda tan tranquila y semejante vecindario.
            –¿Bruto yo? si claro, como les queda de fácil arreglarle a uno la vida ¡ricos hijueputas!
           

             

martes, 28 de marzo de 2017

DROGOS Y MALANDROS

DROGOS Y MALANDROS

         El Profe había seguido para arriba luego de pillarse la situación tensa y pesada en el segundo piso, y se quedó en la última pieza, encerrado, tratando de quedar por fuera de lo que estaba sucediendo abajo. Paranoico por el efecto del bazuco y lo tan tétrico que alcanzó a percibir en los no más de cinco minutos que estuvo en la boca de las escaleras, viendo cómo Romano mudaba de personalidades y pasaba de la histeria a la frialdad amenazante, y cómo esos sardinos desconocidos en la ventana, especialmente el muchacho, se comportaban con la naturalidad de quienes ya nada les queda para impresionarse.
         Cuando ya no se oía bulla, salió del cuartucho y se lanzó escaleras abajo pero en el descanso del primero lo paró El Caleño y le pasó la orden perentoria de que hasta por lo menos la media mañana no salía ni entraba nadie. Desde allí pudo ver al pelao nuevo con Romano y con otro que sacaban el bulto con la muerta y luego cómo ponía trancas al portón y subía Romano puteando a todo el mundo y arriando la gente para las piezas sin que nadie se atreviera ni a mirarlo.
         La única que protestaba era la sardina, que desde que trató de bajar con su acompañante y la pararon sin dejarla ni salir de “la oficina”, se había paniquiado y llorando gritaba que tenían que dejarla, que no podía quedarse sola y que para dónde pues era que se iba Maduro, que así lo llamaba, y que ni por el putas podían prohibirle abrirse del parche ¡manada de hijueputas, asesinos!
         Qué hubiera pasado si no fuera porque El Profe la calmó como por encanto, con un gesto o alguna palabra que inmediatamente produjeron confianza y tranquilizaron a la niña que era aquella flaquita espigada que tenía semejante carácter e inspiraba tanto respeto al tiempo que ternura. La cálida frescura y el aspecto de ese cucho, que podría ser su papá, fueron un bálsamo para la adolescente en aquel ambiente desalmado de drogos y malandros.
         La llevó abrazada, podría decirse que paternalmente, y subieron hasta la pieza donde ya estaban instalados, sentados en el suelo contra las desnudas paredes, los dos que fumaban abajo cuando comenzó el bollo. Estaban tomando chámber y súper embalados, con los ojos volados y mordiéndose la lengua, sin hablar.

***

         De ahí para adelante todo se le había borrado con el menjurje alcohólico y el bazuco en tarro con filtro de ceniza de tabaco, que producía los efectos más intensos; y  sólo ahora, cuando le llegaron con los cuentos de Matíz y de la muerte de Marina, comenzaban a aparecerse como cortes de una película los detalles de la conversación de aquella noche con Ágata, cuando se conocieron y se hicieron amigos inseparables.
         Y además estaba lo que pasó ese fin de semana del toque de queda, de viernes a lunes, encerrados sin poder casi ni respirar, cuando salió aquel man con la otra historia que también apuntaba en la misma dirección.

         Entre cuatro que eran ellos y las pocas manzanas en el centro de Manizales donde ahora se desarrollaban sus cotidianidades, ya sumaban tres desaparecidos.