viernes, 16 de junio de 2017

PIERNAS ARRIBA


PIERNAS ARRIBA

         Ágata no volvió a ser la misma. Desde que la descubrieron saliendo de la carnicería de Matíz dejó los ímpetus suyos tan atravesados, perdió el afán de estar buscando dinero como fuera y no volvió a hablarles a sus compinches, como una cotorrita, casi sin respirar, de lo que hacía, de lo que pensaba hacer o de lo que le gustaría.

         Cada uno por su lado, Maduro y El Profe presentían alarmados aquello tan espeluznante que le subía a la flaquita por esas largas y estilizadas piernas arriba.

         En cuanto a La Pispa todo era desconcertante. Se veía impávida, ajena, y al mismo tiempo preocupada por todos y cada uno y cariñosa, casi maternal; eso si, siempre lista para las que fueran, sin dejar de dar la impresión de que, en realidad, no sabía dónde estaba parada. Lo suyo era una apacible despreocupación que mucho le lucían a sus clasudos modales y a la sencillez de su belleza. Era difícil, inverosímil ubicarla en semejantes circunstancias cuando apenas empezaba su tierna juventud.
         Niña precoz que nunca había conocido limitaciones; en el exclusivo colegio de Ibagué donde estudiaba ya tenían una barrita que más bien era una pandilla, donde el alcohol y las drogas eran frecuentes entre muchachitos y muchachitas de 12 y 13 años que parecían haberlo experimentado y descubierto todo y funcionaban en la total anarquía.
         Los papás de La Pispa solo supieron de la descarrilada vida de su bebé cuando se les desapareció, como por arte de magia. Salió para el colegio normalmente una mañana mientras ellos todavía dormían y no volvió.
         Ese mismo día, con el uniforme del colegio bilingüe en el morral –se había cambiado en el baño de la terminal– y unos pesos en el bolsillo de los únicos bluyines que con unas blusas y una manotada de calzones sacó de la casa, llegó a Manizales, se bajó del bus y apenas en la esquina le cayó a la primera chimbita que encontró –así contó–  a preguntarle para dónde echar.

         En la esquina de los sanandresitos, Ágata la hizo su cómplice con la mirada y con un ligero apretón en el brazo mientras le decía que fresca, que había llegado a donde era. Por la noche ya dormían las dos con Maduro, con quien iba camino a encontrarse en Punto y Coma y con quien  también tuvo la recién llegada la misma conexión. 

         Nunca les mencionó su nombre y fue El Profe, cuando la conoció a los pocos días, por ninguna razón distinta a que le pareció divina, quien comenzó a llamarla Pispa, y así se quedó para todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario