miércoles, 1 de febrero de 2017

PRECISAMENTE AHÍ


PRECISAMENTE AHÍ

         –Usted qué estaba haciendo donde ese tipo, Flaca– le preguntó Maduro sin saludarla y abriéndole los ojos. –¿Donde cuál tipo? Nada...– Le contestó Ágata haciéndose la boba mientras le desenredaba una ramita que tenía La Pispa en el pelo.          
         Llevaban un rato buscándola hasta que la vieron salir de la carnicería de Matiz y la alcanzaron en la esquina de arriba. Los saludó sin emoción y no se inmutó con el agite y la pregunta de Maduro.
         –¡Cómo que nada! Flaca, ¡cómo que nada! ¿Usted no sabe quién es ese hijueputa?– Nunca lo habían visto así, a semejante fresco –Relajado papito, deje el azare, no pasa nada, a lo bien... tengo un hambre la verraca. Ustedes qué ¿vamos donde Maruja?–

***

         Muchas cosas se decían de la zona.
         Se decía que las proxenetas comenzaban sus labores de adiestramiento con menores de ocho años, y que niños y niñas de diez a doce no sólo ejercían la prostitución, sino que eran adictos al alcohol y a cuantas otras sustancias se consumían en sus casas, o en la calle y más oficialmente en los prostíbulos y sopladeros.
         Se decía que los hijos se negociaban en las esquinas como en una compraventa de ganado. Que mucha de la carne que se vendía en forma de pinchos y albóndigas en las ollas humeantes de los andenes provenía de niños que se habían rebelado, o que por su apariencia no prometían un buen futuro en el negocio desbocado del sexo y de la droga.
         Se decía que por la plata que costaba un paquete de cigarrillos ordinarios se podía morir destajado a barberazos. Que los traficantes de órganos humanos compraban la mercancía escogiéndola de campesinos que bebían desprevenidos en las cantinas.
          Se sabía que por encima de los grandes capos de los abastos, que ganaban por cada naranja y cada junco de cebolla que llegaba al mercado, y que recibían más de la mitad de las míseras ganancias de los miles de vendedores informales; y que por encima de la poderosa mafia del sexo callejero, que manejaba cientos de hombres y mujeres que trabajan las 24 horas de los siete días y de peso en peso proveen inmensas ganancias a los chulos a quienes pertenecen, como cosas, y quienes apenas les dejan con que medio alimentarse a ellos y sus proles; esto mientras les dejan los hijos numerosos antes de quitárselos para volverlos al círculo vicioso de la ignominia. Y que por encima de la misma megamafia del narcotráfico, que maneja cada centavo que produce el comercio clandestino desde el pegante industrial hasta las más sofisticadas drogas sintéticas; por encima de todas, silenciosa y casi invisible, estaba la siniestra mafia, compuesta de unos cuantos, muy pocos, de órganos y de la muy preciosa y valorada grasa humana.  
         Y ese espeluznante súper negocio, al igual que el del sicariato, en el cual nada pasaba sin su intervención, lo manejaba desde una discreta carnicería desapercibida entre las demás, un personaje diabólico que no tenía cara de nada, un gordo monito con rasgos de niño y delantal blanco impecable.

***


Y precisamente ahí, en lo más tenebroso, donde ni los más atravesados ni los más braveros se atrevían a meter las narices, en aquella pocilga del horror se había ido a meter La Flaquita en su temeridad pasmosa, como si nada.

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